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Millonarias desgracias

En verdad me siento mal cada vez que veo a esos connacionales en desgracia, que han perdido hasta la camisa, ya no digamos sus modestas pertenencias que constituyen todo su patrimonio. Es lamentable ver llorar a tantas doñitas que han presenciado como la fuerza de la naturaleza ha destruido hasta sus modestas viviendas, y a los moconetes, ajenos a la desgracia que se vive en sus hogares, disfrutar nadando en medio de tanta desgracia.
Aplaudo, sí, la intervención del glorioso Ejército Mejicano, que ante tanta desgracia en el país, originada por el desbordamiento de los ríos, aplica de inmediato el Plan DN-III, de auxilio a la comunidad; hombres y mujeres que sin medir consecuencias, también arriesgan sus vidas en aras de paliar el dolor ajeno.
Celebro también la inmediata intervención de la siempre Benemérita Cruz Roja, que hecha la mocha, se pone primero a salvar las vidas en riesgo, y luego, para evitar males mayores, aplica vacunas para evitar posibles epidemias que pudieran presentarse entre la población afectada.
Es cierto, la fuerza de la Madre Naturaleza es incontrolable. Cuando dice ahí voy, es porque ahí viene con toda su fuerza, en toda su magnitud. Esto, ciertamente, no me extraña ni tantito.
Lo que no acabo de entender es por qué, si sabemos cuáles son las zonas de alto riesgo de ser arrolladas por las crecientes de los ríos, por qué, reitero, se han permitido esos asentamientos humanos, como también aquellos que se erigen en las faldas de los cerros, que en esta época de lluvias, se convierten en auténticas amenazas de muerte, por los derrumbes que se registran con tanta agua que cae.
No encuentro razón alguna para prohibir que en esas áreas, ya perfectamente definidas y conocidas por todo mundo, se autorice la construcción de esas modestas viviendas, que para la siguiente época de lluvias, habrán de ser devoradas por las fuertes corrientes y, ¡va de nuez!, otra vez a contemplar el llanto de las doñitas, presenciar como las fuertes avenidas arrastran camas, enseres de cocina, ropa y en general, todo el menaje hogareño.
Pero lo más lamentable, es enterarme año tras año, de la pérdida irreparable de vidas humanas, que ante la fuerza de las corrientes, fueron devoradas por esos miles de metros cúbicos que corren con fuerza incontrolable. Siempre he sostenido que bien que mal, los trastos, las camas y demás enseres domésticos, no pasan de ser bienes materiales que, según la condición económica de los afectados, terminará reponiéndolos más tarde que temprano, pero una vida humana, que no tiene precio, perderla, eso sí que constituye una real e irreparable pérdida.
Y tan fácil que es evitar todo ese daño, con tan sólo prohibir la existencia de esos asentamientos humanos, porque además de todo lo que te describo, viene luego la otra etapa, la de resarcir en la medida de lo posible, a toda esa gente afectada, y es aquí en donde el Estado Mejicano eroga miles de millones de pesos en auxilio de todas esas víctimas, que, viéndolo bien, no tenían razón de existir.
Rechazo totalmente, que esa gente sea vista como tesoro político-electoral por partido político alguno. Me dolería mucho que así fueran considerados, porque entonces sí, cualquiera de esos institutos políticos que sirven lo mismo que un barrido que para un regado, y que sólo atienden a sus muy particulares intereses, no tendría 10 de Mayo. Quiero pensar que esos asentamientos surgen ante la indiferencia de las autoridades, tanto municipales como estatales, que se dan cuenta de su existencia cuando son arrastrados por la fuerza de la Naturaleza, y se convierten, una vez más, en damnificados.
Por eso, reitero, ¿no es factible evitar tanto dolor, llanto y luto, prohibiéndoles la construcción de esas viviendas que al año siguiente volverán a ser devoradas por las grandes aguas? Si ese paso se da, estoy seguro que esos miles de millones de pesos que anualmente se canalizan a apoyarlos, bien se pueden ahorrar y aplicarlos incluso, en construirles módulos habitacionales en lugares más seguros, lejos del inminente peligro en que viven de manera permanente.
¿Verdad que sí se puede evitar tanto llanto, dolor, pérdidas humanas y materiales y la aplicación de millones de pesos, si se actúa razonablemente?
Pues entonces ¡hágase y Santas Pascuas!, como decía mi siempre llorado padre

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Menores de edad

Durante muchos años en el ejercicio del diarismo, fueron varias las campañas políticas que tuve oportunidad de cubrir para los diferentes medios de comunicación. Desde aquellas que la sociedad siente más suyas, más propias, más personales, incluso, como son las de los alcaldes, hasta las frías –porque carecen de esa misma calidez-, como son las de los presidentes de la república, pasando por las de diputados locales, federales y senadores de la República.
En todas ellas prevalece el común denominador: los candidatos escuchan las demandas de la sociedad, hacen sus anotaciones en pequeñas tarjetitas que luego se las pasan a sus canchanchanes, que con rostro serio e inexpresivo, las reciben y hacen como que las consultan para luego meterlas en una carpeta tamaño familiar, en donde cabe un buen bonche de esos albos rectángulos de papel, en los que van las ilusiones, las esperanzas de esa sociedad ávida de encontrar en sus autoridades respuesta a sus ancestrales demandas.
Campañas políticas que luego tuvieron un cambio: las visitas domiciliarias.
Ahí te quiero ver, mi buen.
Porque entonces el candidato era, es, recibido en un hogar, obviamente, previamente elegido, no se va a meter a cualquier cuchitril, sino a uno en donde sus moradores tengan una chamba segura y el pipirín cincho. Qué esperanzas de que a los candidatos los lleven a una de esas miles de casuchas insalubres, en donde el mosquero predomina, en donde en un cuarto de cuatro metros cuadrados, los moradores lo han convertido en sala, recámara y comedor. Estos sitios son rechazados por el equipo de avanzada del candidato, quienes tampoco son muy dados a hollar esos terrenos, por temor a contraer cuando menos, una diarrea marca llorarás. Nada de mostrarle al candidato lugares y escenas deprimentes. Sí, en cambio, algo más llevadero, menos dramático. Un barrio, una calle con alumbrado público, con agua potable en sus hogares, con calles más o menos pavimentadas y ¡ya la hicimos!
Campañas políticas en donde el candidato, otrora un ilustre desconocido, se convierte en el hombre idóneo para la sociedad, en la esperanza encarnada que, éste sí, terminará en su administración con esas penurias que nuestro egregia raza de bronce arrastra desde épocas inmemoriales. El candidato que es de carne y hueso, que papacha y se deja papachar, que te regala una sonrisa en donde ves la blanca dentadura, sientes el apretón de manos como sincero, franco y de compromiso, porque ya tomó nota de tus quejas, de tus demandas, de tus carencias y, “es compromiso de campaña”, darte una respuesta.
A lo largo de todos esos años, sólo me he dado cuenta que para la clase política, seguimos siendo unos menores de edad y que ellos son los únicos que piensan en qué es lo que necesitamos para vivir mejor. El cúmulo de tarjetitas en las que viste escribir al candidato, en algún lugar de su largo peregrinar a lo largo y ancho del municipio, el distrito electoral, el estado o el país, se extraviaron, porque todo es empezar de cero una vez que llegan al cargo anhelado.
¿Quieres pruebas? Sin ir muy lejos. Aquí, en este Culiacán de nuestros amores y temores, Aarón Irizar, ¿te consultó para quitar la fuente que estaba a un costado de Catedral y que formaba parte del paisaje urbano de esta ciudad? Y como antes, Jorge Romero Zazueta,¿ también te preguntó si querías que las estatuas de Morelos e Hidalgo se convirtieran primero en auténticos judíos errantes, hasta ubicarlos en donde hoy se encuentran? El “arreglo” del centro de Culiacán, a quién le han consultado para gastarse los millones de pesos en obras que parece nunca acabarán, porque entra uno, y hace una parte y su sucesor, ya entrados en materia, ¡voytelas!, como decía aquel, le pone su sello personal al tan traído y llevado centro de Culiacán.
¿Y las demandas que a lo largo de su campaña recogieron, apá?
Esas, mi buen, se convirtieron en simples buenos propósitos, y en señal inequívoca de que sólo ellos tienen la capacidad para decidir qué nos hace falta y que no nos sobra. Dicho en otras palabras, todavía, ante los ojos de la clase política meshica, somos menores de edad, mocosos que no aprendemos que ellos sí tienen la capacidad, la visión y por consecuencia, la forma de solucionarnos nuestros problemas, aunque esas soluciones valgan roña y únicamente sirvan para pararse el cuello ante esa masa amorfa que somos los no pensantes, los menores de edad.
Lo malo es que mientras lo toleremos, nunca saldremos de perico perro.

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Mi vieja bohemia. . .

Déjame contarte el cúmulo de experiencias y recuerdos que he vivido en estas horas del lunes. Para decirlo pronto, todos giran tres décadas atrás. Así de fácil, así de sencillo, como dice la guapérrima de Montserrat. Te cuento:
Llega uno dispuesto a desquitar el uno veinte, lleno de alegría luego de haber recargado las pilas el fin de semana de absoluto reposo. Llegó al changarro y no veas, me encuentro que hay evento –Encuentro Nacional Legislativo. Hacia la armonización legislativo en derecho familiar-, que sirve lo mismo para un barrido que para un regado, porque no hay legislatura federal en donde no haya legisladora que echándose el rebozo de María Candelaria encima, anuncie su inmolación en aras del género femenino y anuncie que ahora sí, se contará con leyes que vengan a hacerle justicia a las féminas, y lo único que quieren hacer, es crear leyes para mejicanas de primera, segunda, tercera y cuarta categoría, cuando dentro de la Carta Magna, la Ley de Leyes, ahí está todo clarito en sus primeros artículos. Pero se trata de echar por delante el figurón. Punto malo para ser lunes.
Hago de lado ese negrito en el arroz y me encuentro lleno de entusiasmo y ganas de servir mejor a mi patria, echándole las ganas con todo y que es lunes. Digo, porque ya ves, nunca falta el refranero popular que aconseja “los lunes, ni las gallinas ponen”, o lo que es lo mismo, nos mal aconseja prolongar la weva del fin de semana. hago caso omiso de tal conseja y ahí me tienes, tecleando lo que está pendiente y para hacer más amenas mis horas en la oficina, del ordenador elijo las canciones que le dieron fama a Víctor Iturbe “El Pirulí”, aquel flaco cantante que un día la vida me puso adelante en casa de Miguel Ochoa, allá en mi hermosa Guadalajara. Víctor era bohemio de corazón y a donde iba, siempre se encontraba una guitarra para cantar sus éxitos y ya con tres cuartos de estocada también que uno tenía entre pecho y pulmón, echábamos nuestros gorgoritos, acompañados por el gran Flaco Bohemio.
No sé si fue la influencia de Víctor o lo que en esos años vivía, que mi Compa Chuy puso en mi camino a otro cuaderno excelente: José Luis Díaz Pérez, con quien ya enterado de nuestros gustos musicales, creó el súper grupazo “El Ombligo Melódico” –Tello, en el requinto, José Luis y Mariano, en el acompañamiento, tu rey mago, tocando el bajo, que era una tina que pinté de rosa mejicano (estaba de moda) con un palo de escoba también pintado del mismo color, al que enrollé una piola, la que al estirar el palo, te da el sonido de un bajo, y Pepe, la primera voz, que nada tenía que pedirle al Dandi de la Canción Mejicana, Marco Antonio Muñiz-.. Años en que Víctor Iturbe irrumpió con “Felicidad” –Felicidad/ hoy te vengo a encontrar/ cuánto tiempo, huiste de mi/ felicidad/ no, no te vuelvo a dejar/no podría, vivir, ya sin ti/hoy amanece y el sol/ tiene un raro esplendor/ escucho al viento pasar/ veo la luna brillar/ al mismo cielo lo miro/ con otro color/nada es nuevo/ sólo que te conocí/ felicidad/ felicidad-, del gran Armando Manzanero y que incluimos en nuestro repertorio musical, como también aquella de “Soy lo prohibido” –soy ese vicio de tu piel/ que ya no puedes desprender/ soy lo prohibido/ soy esa fiebre de tu ser/ que te domina sin querer/ soy lo prohibido/ soy esa noche de placer/ la de la entrega sin papel/ soy tu castigo/porque en tu falsa intimidad/ en cada abrazo que le das/ sueñas conmigo/ soy el pecado que te dio/ nueva ilusión en el amor/ soy lo prohibido/ soy la aventura que llegó/ para ayudarte a continuar/ en tu camino/ soy ese beso que se da/ sin que se pueda comentar/ soy ese nombre que jamás/ fuera de aquí pronunciarás/ soy ese amor que negarás/ para salvar tu dignidad/ soy lo prohibido/-, que también ¡cuándo no!, hicimos nuestra, a nuestro estilo, y que nos servían en aquellas serenatas que improvisábamos, cuando en lugar de ensayar en casa de José Luis, alguno de nosotros sugería: “¿y si ensayamos llevando gallos?”, y ahí nos tienes, cargando todos los tololoches y la tina susodicha, para iniciar nuestro periplo bohemio y romántico por aquellas hermosas calles de Guadalajara.
No era necesario que fuera viernes o sábado. Simplemente se nos ocurría llevar gallo y muchas fueron las mañanas en que veíamos a doñitas barriendo a las cinco de la mañana sus banquetas y nosotros terminando la última serenata, quedándonos unas cuantas horas para reponer fuerzas para irnos cada quien a nuestros respectivos trabajos, porque esto de la música era por amor al arte. Ninguno descuidó o falto a sus obligaciones por encontrarse desvelado.
Y si a estas andanzas le agrego las hermosas bohemias vividas en “El Mesón de la Guitarra”, del maese Nadim Alí Modad, en donde tuvo oportunidad de convivir con el recién fallecido Roberto Cantoral, o bien con el maestro Claudio Estrada, autor de uno de los muchos éxitos del trío “Los Panchos” –tu besos se llegaron a recrear/ aquí en mi boca/ llenando de ilusión y de pasión/ mi vida loca. . . “-, como también al siempre recordado Antonio Bribiesca, que literalmente hacia llorar a su guitarra, y a ese señorón de la guitarra española, David Moreno, o también desveladas que me pegaba cuando en el mismo sitio se presentaban tríos como “Los Tres Ases”, “Los Tecolines” y los famosísimos “Los Panchos”.
”El Ombligo Melódico” , mis serenatas, los grandes de la canción romántica que marcaron una etapa en nuestra música, todos ellos recordados en estas horas, mientras escribo y sigo escuchando a Víctor Iturbe “El Pirulí” y sus grandes éxitos, pero también evoco a otros grandes, Marco Antonio Muñiz –“Extraños en la Noche”, “Por Amor”, “El Vicio”, y tantos más que marcaron mi vida para siempre, teniendo su punto de partida mi hermosa Guadalajara-, y que sigo aquí, escuchando al tiempo que veo rostros, sonrisas, voces, calles, evoco noches de serenata y, aunque no lo creas, aquella mi camisa y corbata color mostaza, años en que se puso de moda que ambas prendas fueran del mismo color de tela. Veo y escucho a mis hermanos Manuel, Hildelisa y Ana María y a mi madre Hildelisa, en aquella pacífica calle de Manzano, y a quererlo o no, ahí aparecen también Beatriz, Velia y Rosario. Tres mujeres que también dejaron su huella en mi vida.
Sí, mis experiencias tapatías aparecen con sólo escuchar a Víctor Iturbe “El Pirulí” y la verdad, ¡qué padriuris, mi buen, qué padriuris!

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¡A clases. . .!

Ha transcurrido la primera semana del ciclo escolar 2010-2011 y creerás que no acabo de entender a esta nueva generación de maestros, que exigen a los escolapios, me refiero a los de la primaria, a que lleven diariamente bien retacadas sus mochilas de cuanto libro se les ha entregado y de aquellos que ellos, los maestros, han solicitado como complemento.
Y ahí tienes a esos moconetes, echándole los kilos a su cansino andar, tratando de llegar lo más pronto posible a sus aulas para dejar sobre sus pupitres tan pesado lastre. No sé si has tenido oportunidad de ver esos actos verdaderamente estoicos a que obligadamente son sometidos los chamacos y las chamacas. Dijeras que todos están bien alimentados y que lo que les sobra es galleta, santo y bueno, pero fíjate bien y verás a muchos plebitos bien ñengas, con unas piernitas que parecen dos palos de escoba y que ante el peso de sus mochilas van prácticamente besando el piso. Te digo, no me explico por qué los maestros someten a tan severo castigo a sus alumnos.
¡Qué diferencia con mis años de escolapio!
Por principio de cuentas, la primaria en donde abrevé mis primeros conocimientos, quedaba a una calle del hogar, pero además, llevábamos solamente los libros y libretas que utilizaríamos en la jornada educativa. Nunca cargué demasiados libros y libretas en mi paso por la primaria, -ni en la tres veces H. “Fray Francisco Aparicio”-mejor conocida como “El Reloj”-, ni en la “Leopoldo E. Camarena”, de bellos e inmarcesibles recuerdos de todo tipo.
Es más, fue en esta última, en donde sí la hice de mecapalero en más de una ocasión, cuando guiado por la atracción que en mí ejercía la Bella Coy –me reservo su hermoso nombre, no tiene caso que todos se enteren de algo que sólo vivimos ella y su angel of the morning -, al acompañarla a su hogar, ahí me tenías, pidiéndole sus libros y libretas, para que ella no se cansara. Entre los de ella y los míos, cargaba como una tonelada, pero eso sí, con una sonrisa de ¡Viva Méjico! –ni remotamente se pensaba en el Bicentenario-, porque no era cosa tampoco de poner cara de sufrimiento ante el tonelaje que mi enclenque cuerpo soportaba, aunque también lo confieso, iba feliz porque la compañía de la hermosa escolapia la disfrutaba segundo a segundo, mientras devorábamos la distancia –no más de un kilómetro-, que mediaba de la escuela a su hogar. Esos fueron los únicos días en que, como estudiante de primaria, cargué más de lo debido, pero todo por queda bien, como decimos en el pueblo.
En mis estudios superiores, era tanta la fiaca que tenía, que mi apero escolar lo constituía un cuaderno que, lujos que se da uno, todavía doblaba a la mitad para meterlo en mi bolsillo trasero. O séase, medio wevas El Figuras para cargar, situación que hasta la fecha conservo, incluso cuando viajo. Procuro llevar solo lo indispensable, aunque eso sí, lo que menos me pesa ahora son mis libros, mis novelas.
Hoy, veo a esos pequeños escolapios y dudo mucho que más de uno llegue a obtener un título universitario –que es lo que deseo con toda mi alma, que lo tengan-, pero en cambio, no tengo ninguna duda de que más de uno de esos niños y niñas, el día de mañana le dará a este Méjico lindo más de una medalla de oro en la disciplina de la halterofilia, que parece ser que para ello los preparan los maestros actuales. Aquel alumno que más peso soporte sobre su endeble cuerpo, sin duda alguna ya tiene asegurada una calificación extra, o cuando menos, así debería de ser.
Los veo y no puedo menos que regalarles una carantoña a esas pequeñas y a ellos, exhortarles a echarle todas las ganas, si no es para el estudio, cuando menos para que arriben con éxito a su meta inmediata y próxima: el aula y su pupitre, en donde dejarán tan pesada carga para dale un merecido descanso a sus enclenques cuerpos. Así que no hay que ser, maestras y maestros, no sean crueles con sus escolapios. Permitan que tan sólo lleven una libreta y su respectivo bolígrafo. Ellos se lo agradecerán.
No tengo la menor duda.

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Nomás mirando

Desde hace rato, y un buen rato, por cierto, hemos sido simples testigos –que no partícipes, como debería ser-, de las grandes decisiones que hemos dejado que otros tomen por nosotros. Tal vez por comodidad, tal vez por indiferencia y, aquí sí no creo equivocarme, porque hemos dejado hacer y deshacer a su antojo a quienes en teoría, deberían tener cuando menos la decencia de tomarnos en cuenta.
Y ahí estamos, nomás mirando y procurando algún enchufe, o emprendiendo el camino a La Lomita –o a donde se reúne Malova-, para solicitarle a los poderes celestiales que nos vayan a dejar fuera del presupuesto. Algo muy humillante, arcaico e indigno.
Tenemos, así a la mano, el caso del próximo gabinete. Lo que debería ser una cuestión de importancia capital –y que de hecho, lo es-, se convierte en un pachanguero juego de azar, que ha sustituido al póker en muchos hogares meshicas, trastocando así su vida familiar y social. No hay restoranes, bodas, quince años y hasta bautizos en donde no se hable sobre la integración del próximo gabinete. En todos ellos se forman los clásicos círculos, presididos, nunca falla, por “un señor bien informado”, que se ve rodeado de señores que “quieren estar bien informados” y doñitas que intercambian los chismes sobre sus maridos, sus sirvientas, las telenovelas y que en el fondo, también desean “estar informadas”. Imagínate la escena: todos rodean al “señor informado”, quien sabedor de que es el centro de todas las miradas, actúa con harta parsimonia. Sus movimientos tienen algo de petulancia y en su rostro vemos la arrogancia porque, te repito, se siente el centro del universo. Y así, lo escuchamos diciendo que toda la información se maneja con apego oficial, aunque no deja de ser puro folclor hasta por los argumentos como éste: “Fulanito, que es un hombre muy preparado, es el que más suena para Hacienda, pero tiene una piedrita que puede costarle la chamba. Ustedes saben que le entra con fe sincera y corazón ardiente al Cañabar y que el Hombre detesta a los bebedores –aquí, todos ponen cara de que sí saben-, aunque también es cierto que goza de las simpatías del macizo, porque le hacía las tareas de dibujo en la primaria”. Ante argumentos tan sólidos, todos están de acuerdo, aunque tal convencimiento dura tan sólo lo que un suspiro, porque “el hombre bien informado” suelta implacable otro comentario: “si no es para Hacienda, bien pudiera ir a esa Secretaría de nueva creación de que tanto habló el Hombre durante la campaña –también aquí, todos los presentes dan por descontado con un movimiento afirmativo de cabeza, que conocen el nombre de la Secretaría de nueva creación a que se refiere “el hombre bien informado”-, pero también es cierto que por ahí también ha empezado a sonar el nombre del Gordo Godínez a quien apoya un fuerte grupo económico que tiene cierta influencia en el Hombre –pero nunca dijo quién es el Gordo Godínez-, y por ahí pudiera írsele la oportunidad de estar en el gabinete”.
Todo esto que te cuento es verdad y me lleva a recordar al otrora famoso Club de la Banca, que sesionaba todas las noches de los trescientos sesenta y cinco días del año, en la Plazuela Obregón y al que se acercaba todo aquel que “quería estar bien informado”. Eran verdaderas cátedras que impartían los “todólogos” que luego de soltar sus predicciones políticas, en cuanto el reloj de catedral marcaba las doce de la noche, cual modernas Cenicientas, todos agarraban rumbo a sus hogares. Ese Club de la Banca fue famosísimo hasta mediados de la década de los 80s y en verdad, por ahí desfilaban desde aspirantes a diputados, federales y locales, senadores, gobernadores, alcaldes y muchos, pero muchos “sinquehaceristas”, como se les conocía a los que no tenían oficio ni beneficio. Club de la Banca, que presidió hasta su muerte, Memo Barraza y que tras infausta pérdida, los demás integrantes poco a poco fueron alejándose, pero dejaron constancia también de haber sido “hombres muy bien informados” y que repartieron puestos públicos como si fueran chicles o volantes.
Eran otros tiempos.

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La verdad, la verdad, ni a melón

No es que me apasione tanto el boxeo actual, en el que por cierto, no veo prospectos de calidad, alguno que pueda alcanzar la cima y toque con sus dedos el cielo. No hay nada de eso. Todo lo que contemplo, con pugilistas inflados a base de una tremenda publicidad haciendo creer al aficionado al rudo deporte de las orejas de coliflor que en verdad tienen los argumentos suficientes para ceñirse en un futuro, una diadema universal. Nada más falso y lejano, pero sobre todo, muy lejano.
Aquí mismo te he comentado, por citar dos ejemplos más que ilustrativos, a los hermanos Chávez Carrasco, hijos del que fuera figura de los encordados, Julio César Chávez González. Los Chavitos –por llamarles de alguna forma-, se encuentran invictos en el boxeo profesional gracias a que a durante su breve trayectoria en el rudo deporte les han puesto a puros bultos, con récords impresionantes que tienen la única intención de hacer creer al aficionado, y sobre todo a los seguidores de los mal llamados “hijos de la leyenda”, que se medirán a verdaderos exponentes del “shacashangue”. Sin ir muy lejos, el menor de los Chávez, Omar, tuvo prácticamente un día de campo en su última pelea, cuando a dos días del combate le cambiaron al rival, poniéndole a otro con físico de auténtico rotoloplas, con unas llantas más grandes que las usadas por Fernando Alonso. Ante ese jovenazo, al que seguramente le soltaron buena firulilla para subir al cuadrilátero, soportarle algunos mamporros a Omar y luego declararse derrotado antes del límite, el menor de los Chávez mantuvo su aureola de invicto, aunque también se escucharon ya las voces de reproche, porque muchos aficionados se han sentido engañados o en el peor de los casos, defraudados, porque pagan por una pelea de box y terminan viendo un auténtico tongo, que supera con mucho aquel célebre protagonizado por el enorme Cassius Clay y Sony Liston, cuando éste se dejó caer ante un supuesto golpe, que hasta la fecha, y tras ver el vídeo, nunca se lanzó. Liston cayó a la lona “visiblemente” tocado. El resultado fue abucheado por los miles de aficionados congregados en el Madison Square Garden de Nueva York, pues se sintieron engañados por ambos peleadores de la máxima división.
Igual les pasó a los que asistieron a presenciar la última “hazaña” de Omar -¿a qué mente tan obtusa se le ocurrió ponerle el remoquete de “El Terremoto” y luego cambiárselo por el de “Mister Business”?-, porque fue más que evidente que el rival era un auténtico costal de papas disfrazado de boxeador. Es cierto, hubo lambiscones –ya ves que es muy raro que aparezcan en torno a un boxeador famoso-, que vitorearon a Omar, echándole porras y gritos de “¡qué bueno eres”! , aunque, te repito, abundaron más los chiflidos que eran el reproche al engaño sufrido.
Lo mismo es con Julio César, el mayor de los Chávez Carrasco, al que le han traído rivales supuestamente europeos y con un palmarés que en teoría hacía pensar que ahora sí, Julio se enfrentaría un rival de polendas, pero a la hora de la verdad, nos encontramos, o mejor dicho, hemos visto que también son bultos con los que el joven Chávez Carrasco también se mantiene invicto, lo que ha motivado que “periodistas especializados”, ya digan que está listo para disputar una corona universal, sin medir el daño que le hacen a un boxeador que aspira a algo en el rudo deporte. Esas plumas compradas por el mismo Julio o sus asesores, están ahí, diciendo que “el hijo de la leyenda” ya está listo para una contienda por la diadema universal de su categoría.
Para muchos aficionados y conocedores del boxeo, la verdadera prueba de fuego para Julio César Chávez responde al nombre de Saúl “Canelo” Álvarez, que sin tanto ruido y sin tantos panegiristas ni lambiscones, se ha medido a rivales de más prestigio que los que han caído ante Julio César, quien de plano, le saca la vuelta a encontrarse con Saúl en un cuadrilátero, bajo el argumento de que “yo no lo necesito, él es el que me necesita”, lo que no pasa de ser una bravuconería, porque sabe que Saúl sí constituye el rival que nunca ha tenido en su corta carrera en el pugilismo de paga, y que además, pega y en serio, a diferencia de sus víctimas, que carecían de ese poderío en los nudillos que nos hubieran servido para valorar el aguante de Julio –y también en el mismo barco va Omar-, y que en verdad, Julio sabe que ni para el arranque le serviría al “Canelo” Álvarez, que sólo puede durarle un par de giros, suficientes para caer ante los puños del pugilista jalisciense, quien de paso, pondría las cosas en su lugar y acabaría, estoy, como la afición conocedora, cierto de que hasta ahí llegaría la carrera de Julio César Chávez Carrasco.
Así que de lengua, pues podemos comernos varios platos, y el aficionado al boxeo ya se cansó de ver enfrentamientos que distan mucho de ser auténticas peleas, y que simplemente son tongos arreglados en beneficio de los hermanos Chávez Carrasco, quienes de antemano saben que en el momento en que caigan derrotados, hasta ahí llegó el negocio, y me atrevo a calificarlo como el grande y jugoso negocio que ha significado explotar el apellido del padre, y que hasta en sus respectivas campañas de publicidad, invoquen a quien fue un gran campeón mundial, porque sin ese nombre, ni sus cuates los irían a ver.
Si en verdad Julio César Chávez Carrasco quiere demostrar que está listo para grandes empresas, debe pasar, o mejor dicho, arrollar a Saúl “Canelo” Álvarez, porque de lo contrario, seguiremos con la idea fija de que continuarán inflándolo con enfrentamientos con bultos, con auténticos costales de papas.
Es más, sabes quién le derrota con una mano en la cintura, Kid Mantecón. Así de fácil, así de sencillo, como dice la guapa de Montserrat.
Julio tiene la palabra

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¡Se acerca el Bicentenario. . . ¡

Dese hace buen rato hemos escuchado dos términos: Bicentenario y Centenario. El primero de ellos, referente a la Independencia y el segundo, a la Revolución, ambos de este gran país que es Méjico. También fuimos testigos de la instalación de la dizque Comisión Especial que prepararía todos los eventos habidos y por haber, para festejar en grande ambas fechas históricas para nuestra egregia raza de bronce, para este gran pueblo mejicano; Comisión que echaría la casa por la ventana para festejar en grande ambos acontecimientos y que el mundo se diera cuenta que somos antes que nada, mejicanos que tenemos memoria y que recordamos a nuestros grandes héroes. Sí, señor.
Es más, hasta la gesta independentista nos hemos visto obligados a escuchar a través de la radio –“Remembranzas de la Independencia”, le llamaron-, que la verdad, están bien charras, porque en el capítulo referente al Grito de Dolores, ya incluyen el “Viva Méjico”, cuando en 1810 ni remotamente se conocía la expresión Méjico. Además de que por aquellos años, éramos una colonia, la Nueva España, que no mejicanos, sino novo hispanos, a partir de la conquista. Seria radiofónica ésta que la mera verdad, deja mucho qué desear, tanto en su contenido históri8co como en la interpretación, pero bueno, quiero pensar que en su producción no metió la mano la famosa Comisión Especial de los festejos del Bicentenario y la Revolución.
Por mi mente cruzó la idea, pensamiento u como le llames, que por el hecho de conmemorar tan grandes acontecimientos –ya luego veremos si en realidad hay tal Independencia y si se cumplieron los postulados de la Revolución. Eso ya es harina de otro costal y tema de otras entregas-, nuestros Hidalgos y Morelos, representados en la gran cantidad de estatuas y monumentos que de sus egregias figuras hay a lo largo y ancho de este Méjico nuestro, lucirían bien facetos, pulcros, que ya recibirían su manita de gato para beneplácito de nuestras miradas de admiración, tanto para el llamado Padre de la Patria, Miguel Hidalgo y Costilla, y las del Siervo de la Nación, José María Morelos y Pavón, y en general, de todos los héroes que, como luego dicen ya muy malucamente, nos dieron patria y libertad.
Peeeero no ha sido así. Al menos en esta capital de Sinaloa, en donde también se integró una Comisión, los monumentos de tan sonados héroes, ubicadas en el cruce del Puente Juárez y Avenida Eldorado, lucen bien gachos: sus ropajes de metal parece que hubiesen recibido la metralla enemiga y en sus rostros se aprecia también el descuido de quienes al menos por tratarse de los tan llevados y traídos eventos conmemorativos, debieron haberse fijado en ese pequeño detalle, darles una manita de gato para que, reitero, al menos en estas fechas, sus ropajes metálicos lucieran bien chichos y se sintiera con más vehemencia el orgullo de ser mejicanos.
Porque a como están en estos momentos, cualquier parecido con ese personaje salido de la pluma de José Rubén Romero –el inmortal Pito Pérez-, no es semejanza, ni tampoco coincidencia, es una lamentable y triste realidad.
Ante ello, me pregunto, ¿Y la Comisión, apá?
Por si lo dudas, nomás velas, aquí te las presento, los monumentos de Hidalgo y Morelos, los mismos que como alcalde, Jorge Romero Zazueta quitó de lo que era el Palacio de Gobierno y hoy sede del Ayuntamiento de Culiacán y que tras traerlos de la Seca a la Meca, terminó ubicándolos ahí, en ese crucero que te digo, Avenidas Xicotencatl y Paseo Niños Héroes –o Avenida Eldorado-. La otra estatua, la del Indio de Guelatao, Benito Juárez, que estaba en la Caseta Cuatro, la mandó frente a Ciudad Universitaria, en donde hasta la fecha permanece.
Ve estos monumentos que, por el mal estado que muestran, no sabemos si son de bronce, cobre o de qué metal.
No sean gachos, denles una pintadita, cuando menos para que no luzcan tan olvidados en estos festejos del Bicentenario. No sean músicas. Vale?

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¡Sóbale tres. . . ¡

En otras ocasiones me he tomado el grato placer de recordar a mi maestro de Cuarto Grado, Hernán Villalobos –y que también lo fuera de mi hermano mayor, el gran Eusebio-, en la tres veces H. Escuela Primaria “Fray Francisco Aparicio” –no, si piensas que era (es), una escuela confesional, piensa mal, ya que es, en apego a la Carta Magna, laica cien por ciento-, allá en mi adorado pueblito, para más señas, en la también tres veces H. Colonia Anahuac. Todo un tipazo este maestro Villalobos, hombre que en aquellos años ha de haber frisado los cincuenta años y quien además, era todo un catedrático de la universidad más importante de América Latina, la Universidad Nacional Autónoma de Méjico –UNAM-. Es decir, era dueño de una amplia cultura y formación académica –dos cosas diametralmente diferentes, pero que al mismo tiempo van hermanadas y tomaditas de la mano, para complementarse una a la otra-.
Tenía mi maestro Hernán Villalobos una forma muy sui generis de aplicar castigos cuando no llevabas las tareas o cuando cometías alguna travesura o te distraías en clases, como suelen hacerlo todos los plebes de todas las épocas y de todas las escuelas. Generalmente elegía a cualquier compañero de aula para aplicar el castigo más socorrido: darnos tres cintarazos. Así, la orden caía implacable “¡Sóbale tres!”, y contrario a lo que pudieras imaginar, de alguna forma todos queríamos ser los verdugos, porque además, no se trataba de causar lesión alguna, sino sencillamente de pasar al frente del grupo junto con el castigado, quien además, aportaba su cinturón, con el que recibía tres remedos de cinturonazos, ante el regocijo general y la sonrisa beatifica del maestro Villalobos, atento a que al castigador no se le pasara la mano.
Ese “¡sóbale tres!” era famoso en mi grupo y en los de Quinto y Sexto, es decir, compañeros que habían vivido la misma experiencia que tu Black Charrou.
Viene a mi memoria esta grata experiencia de mi maestro Hernán Villalobos, porque en verdad, qué bien le haría a ese ensotanado de Juan Sandoval Iñiguez que le sobaran sus tres, pero a este personaje con una de esas varas de pirul o ya de perdis, con un trozo de hule de llanta, es decir, de esas que sí duelen en serio.
Porque este personaje, que se ha convertido en un intocable del poder –quedo demostrado cuando fue citado por las autoridades judiciales luego de ser investigado por malversación de limosnas, lavado de dinero procedente del narcotráfico, evasión fiscal y enriquecimiento ilícito-, cada vez que abre la boca, sufre de horrible diarrea verborréica. En el 2008 aseguró que nadie lo sentaría en el banquillo de los acusados y logró evadir la justicia, no precisamente por tener buenos abogados, sino porque sabe que ninguna autoridad mejicana se atreverá a llevarlo a declarar con el apoyo de la fuerza pública, como se haría con cualquier ciudadano investigado por delitos graves.
A este Juanito le ha investigado con lupa Sanjuana Martínez en el libro “Los Intocables”, Editorial Planeta, lo describe jugando golf o nadando en su piscina techada en su palacete de Tlaquepaque –Jalisco-, donde recibe a políticos de todos los colores, empresarios, líderes sindicales que le buscan no precisamente para que les eche la bendición o les pida le acompañen a rezar un rosario, sino para que haga uso de sus buenos oficios en el tráfico de influencias y manejos de poder porque este purpurado misógino y de moral cuestionable, la Iglesia y el Estado están fusionados gracias al fino tejido de intereses económicos, políticos y religiosos que le permiten a él y a sus más cercanos, cometer delitos, injuriar, abusar, mentir y corromper sin ser acaso tocados por la Secretaría de Gobernación o por la Procuraduría General de la República.
Habló apenas en días pasados para, ante la falta de sólidos argumentos para expresar su oposición a los matrimonios del mismo sexto y el derecho a la adopción que confirió la Suprema Corte de Justicia, este buen sibarita multimillonario llamó “maricones” a los homosexuales y acusó al jefe del gobierno, Marcelo Ebrard, de haber “maiceado” a los y las Ministros del máximo tribunal del país.
El buenazo de Marce ya enderezó el juicio en contra de Juan y ojala se llegue al final; es necesario que la sociedad conozca quién ampara a este hombre que en su ascenso económico tuvo una gran cercanía con los cárteles de Tijuana, Juárez y Sinaloa, como lo denuncio en su oportunidad el ex procurador general de la república, Jorge Carpizo Mac Gregor.
Me resulta increíble ver y escuchar la diarrea de este ensotanado de doble moral, porque así como se espanta de los matrimonios entre personas del mismo sexo, es el mismo que fundó la Casa Alberione, en Calle Pemex 3987, en Tlaquepaque, en donde tienen cabida sacerdotes que han abusado sexualmente de niños y adolescentes. Según Juan, estos curitas serán por él salvados a través de un intenso programa de oraciones y con pláticas que, dice, hará que estos curas pederastas –que han hecho daño a miles de niños y jóvenes y por consecuencia a sus familias-, serán sanados.
Veo y escucho esto y me resulta cuestionable su discurso ante el fallo de la Suprema Corte, contra el buen Marcelo, y pone de manifiesto, una vez más, su doble moral.
Por ello el recuerdo de mi maestro Hernán Villalobos y su contundente frase “¡sóbale tres!”, a quienes no sabíamos comportarnos durante las horas de clase. Yo le sobaría también tres, pero con unas varas de pirul. Veríamos si así deja de decir tantas babosadas y pone punto final a su doble moral.
Mientras, espero que el juicio ya enderezado por Marcelo, siga adelante y por fin, alguien lo lleve a juicio, ya sea la Secretaría de gobernación o bien la PGR.
En serio, lo espero y lo deseo.

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Por siempre Pola

Contra todo pronóstico, aquí me tienes de vuelta, lectora lector querido, luego de unas merecidísimas (¡sí, Chucha!) vacaciones que han servido para lo que ahora se dice “recargar las pilas”, lo que no me queda muy claro si así ha sucedido, pero sí me consta que el descanso ha sido más que placentero, dándome tiempo para mi encuentro con Mario Vargas Llosa a través de la lectura de sus libros, en donde admiro, una vez más, su fácil y hermosa prosa. He tenido tiempo para ver películas que me atraían y otras con las que también me han permitido echar mi tiempo hacia atrás y recordar a muchos de aquellos buenos comediantes que te arrancaban la risa con suma facilidad, sin necesidad de recurrir al vulgar albur y al uso corriente de nuestro hermoso castellano.
Tiempo éste que también me ha permitido dar salida a una de mis grandes aficiones: la cocina, en donde también he reafirmado que el arte de cocinar es tan sencillo, que lo puedo resumir en dar salida a todo aquello que se te ocurra cocinar dándole el sazón debido para que se convierta en un deleite al paladar. Tiempo he tenido para preparar diversos platillos que me han permitido casi convertirme en un experimentado chef, pero que en verdad os digo, estoy lejos de serlo y más aún, de aspirarlo, sencillamente, el cocinar es un gusto y nada más.
Tiempo he tenido para recordar también aquellos domingos lluviosos allá en mi siempre adorado pueblito, en que con toda la palomilla, nos aventábamos la clásica cascarita futbolera callejera con nuestros acérrimos rivales, “Los del 28” de Lago Chapala, unos más gandallas que otros. Teniendo como pretexto la lluvia, más de uno metía más duro la pierna y al principio, la primera o segunda ocasión, hasta te pedían disculpas dándote una ligera palmada en la espalda y mostrando cierta penilla, pero en cuento recibían también nuestras “caricias”, entonces sí protestaban y poco a poco el ambiente se calentaba hasta que las clásicas “cascaritas” de fut, terminaban como el mítico Rosario de Amozoc. Déjame decirte que en esos años era un escuincle medio flacucho y que tal vez por ello mi participación era esporádica en esos eventos, no así mi hermano mayor, Miguel, que tenía más físico que tu Charrou Negrow y que cuando el ambiente se calentaba hasta que llegaban los inevítales guamazos, nunca se rajó. Entonces sí, lo confieso, surgía en mí una valentía insólita y si veía que alguno veintiochero quería descontar a la mala a mi carnal, y si estaba más choncho que yo, buscaba el primer palo de escoba para sobajárselo donde cayera sin medir consecuencias inmediatas.
Eran otros tiempos, porque en cuanto la tregua se daba, como por encanto desaparecían los garrotes y los puñetazos cesaban. Nunca se guardaron rencores en ninguno de los dos bandos, aunque “Los del 28” se sabían por siempre rechazados por nosotros. Al día siguiente, si nos topábamos con cualquiera de ellos, como luego decimos “si te vi, ni me acuerdo”.
También estos días de vacaciones me trajeron a la mente a Pola Peregrina, chiquilla entonces quinceañera y que fue motivo indirecto, lo confieso ahora públicamente, de mi primera noche fuera de casa, mejor dicho, de ese mi prolongado fin de semana, porque me tomé la libertad de no llegar sino hasta el lunes de la semana siguiente, y eso, ya en horas de la tarde.
Eran los 15 Años de Pola y ni modo de no ir. Así que con todo lo que sabía me sucedería al llegar a casa dos días después, me aventé ese primer fin de semana fuera de casa. Me despedí para ir a camellar el sábado en la mañana y llegué hasta el lunes por ahí de las seis de la tarde.
Pola Peregrina, la hija del maestro Daniel y sobrina de los maestros Ventura y Rafael Peregrina, no sólo me permitió, sin que ella lo supiera, de hecho nunca lo supo, vivir esa mi primera experiencia, porque no fue únicamente su pachangón el que viví, sino también, ya entrados en la materia noctámbula, fue mi primera experiencia en salones de baile, “El Ratón”, “La Burbuja”, “El Chamberi” y sobre todo, uno de los más famosos de mi pueblito, “El Barba Azul”, en donde ver bailar danzón a esos caifanes –haz de cuenta que ves a Tin Tán con su saco con hombreras gigantescas, pantalones de tubo y el clásico sombrero con su pluma, además de colgarles de las trabillas de sus pantalones unas cadenitas más largas de la cuaresma, y que ellos se enrollaban a diestra y siniestra con suma facilidad mientras el “Delicados” se consumía lentamente entre sus labios-, que con sólo tronar los dedos, tenían a su bailadora favorita. Entonces la pista de baile cobraba vida y ritmo, porque en verdad, esos cuates sí que le ejecutaban al baile.
Fue esa noche del 18 de Agosto del año de gracia de. . . No, permite que no te diga la fecha, porque sería tanto como ventanear a Pola en su edad.
Estoy cierto que también hoy, 18 de Agosto, Pola ha recibido los parabienes de sus seres queridos –entre los cuales, y para mi desgracia, no me cuento, porque ya no vivo en mi pueblito, en donde ella reside-, pero he querido teclear estas letras precisamente hoy, como un regalo para quien nunca supo que sus 15 Años, me permitieron vivir un fin de semana mágico y maravilloso por lo que siempre le estoy agradecido.
De lo sucedido el lunes por la noche, cuando mi siempre llorado padre llegó a la casa y me vio, luego te cuento.
Vale?

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¿Para cuándo, joven?

Por más que dije que no volvería a tocar el tema, aquí me tienes otra vez, dándole a lo mismo, o mejor dicho, al mismo: Omar Chávez Carrasco, a quien algún descerebrado aprontado de esos que nunca faltan, se le ocurrió ponerle el remoquete de “Bussinesman” , echando por los suelos el de “Terremoto” y que a decir verdad, ninguno de los dos se justifican. Tal vez más el primero, porque el chavo sigue siendo imán de taquilla, sobre todo por el apellido, ése que un día se padre, Julio César Chávez González, paseara por el mundo del shacashangue, en aras de calmar su hambre, en todos los sentidos, porque si bien es cierto no sufrió estrechez económica alguna, tampoco tuvo una infancia caracterizada por la abundancia.
Pero esos eran otros tiempos. Julio César se abrió paso en el difícil negocio de los guamazos, a punta de barreta, de mandar al mundo de los sueños a sus rivales, desde que subió por primera vez a un cuadrilátero en aquel Torneo de Box de los Vagos, digo, de los Barrios, que organiza el cotidiano EL DEBATE con bastante éxito y del que han surgido peleadores que unos, han escalado la cima del boxeo, como es el caso de Julio César, y otros que sin llegar tan alto, se mantuvieron y vivieron con dignidad su profesión de boxeadores y otros que, al ver que sólo servían para recibir catorrazos, abandonaron el rudo deporte y mejor se dedicaron a buscar una diputación en las filas del PRI.
A los dos hijos de Julio César los conozco desde chirris. Siempre andaban con el padre, incluso hasta cuando éste se divorció, y lo único que vieron y vivieron, fue box y más box, por lo que era lógico que llegado el día, escogieran también la ruda profesión que le diera fama y fortuna a su progenitor, pero, repito, eran otros tiempos. Julio se enfrentó a rivales de polendas desde sus inicios. Nunca tuvo rivales a modo y a todos los tundía sin piedad alguna, para conformar una carrera llena de éxitos.
Eeeeeem cambio a sus dos hijos sólo les han enfrentado con puros bultos. Julio júnior quizá tenga alguna posibilidad de llegar no a las mismas alturas de su padre, ni siquiera a la mitad, pero podrá vivir del boxeo, siempre y cuando le pongan un rival, uno nada más, que pegue y de renombre, porque por mucho que me digan que se enfrenta a Johnny Smith –ilustre desconocido-, pero que en Europa ocupa los primeros planos, no pasa de ser un auténtico bulto, como lo demuestra sobre el ring, al no mostrar nada que confirme esos “primeros planos” europeos.
De Omar, va de mal en peor. Lo cuidan más que a una quinceañera en el barrio bravo de Tepito o de la Col Ruiz –diría mi cuatacho Botetiux-. Si me dicen lo contrario, quiero que me digan de dónde sacaron a ese costal que responde –si lo llaman, claro está-, al nombre de Miguel Ángel Galindo, que luce un récord negativo -23 derrotas a cambio de 16 triunfos-, lo que no me extraña viéndole ese “impresionante físico” de bote tamalero y que al ver a Omar, se echó un clavadazo para evitar ser despiadadamente golpeado. Luego de tan “apabullante” triunfo, sería bueno que el dizque boxeador y ex terremoto Chávez Carrasco, se preguntara si ese tipo de rivales realmente le hacen sentir que tiene posibilidad alguna de escalar los riesgosos peldaños del boxeo. No sale, por principio de cuentas, de peleas a cuatro o seis episodios, lo que significa que el chavo no anda muy sobrado de condición física y ante rivales de esa catadura, pues como que lo único que le han permitido es echarse al bolsillo unos muy buenos dólares, pero a cambio del engaño, del fraude.
Sí, fraude, porque por más que lo quieran ayudar, el chamaquito no avanza en tan ruda profesión y en cambio, cuando medianamente le ponen a un boxeador que no se espante con el apellido, hemos visto el rostro de ponteduro que le han dejado a Omar, lo que es también sintomático de que olvida que el boxeo es el arte de la defensa y a este paso, no está lejano el día en que quede como se encuentra Julio César padre, que apenas y puede ligar cinco palabras y las últimas, medianamente entendibles.
El negocio familiar como que ya empieza a cansar al aficionado, a ese que exige mejores rivales para los Chávez Carrasco y que ya no se va con la finta del apellido Chávez o con la bobalicona frase de “la leyenda continúa”, que le han enjaretado a cada pelea de estos chavos, que reitero lo dicho en otras ocasiones, de plano, sería mejor que pensaran en dedicarse a otra cosa, que a seguir engañando fraudeando a incautos que aún se van con la finta.
Ya estuvo suave. Si no les van a poner rivales de primera línea, que también lo digan públicamente, “vamos a pelear contra otros bultos para seguir engordando con dólares nuestras cuentas bancarias”.
¿Qué les cuesta hablar con la verdad? A ellos, sus promotores y los medios “informativos” –que en este caso, nadie ha dicho que son partícipes de verdaderos fraudes, de enormes tongos. ¡Ya chole!
¡Tan fácil y sencillo que es, hombre!

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