Cuatro Semanas Santas cuatro, han sido trascendentales en mi vida. La primera, cuando éramos unos enanos que nos opusimos a que mi siempre recordado papuchis –comerciante en pequeño-, laborara como era su costumbre. Fueron pocas las ocasiones que mi padre se tomaba un domingo descanso. Para él no había vacaciones ni cosa por el estilo. Se levantaba a la misma hora, tomaba su bolso y olla para ir a con don Evaristo a comprarle el piloncillo y el azúcar mientras la olla era para los tres kilos de carbón, era el “material”, como se le llamaba, para elaborar el dulce que horas más tarde entregaría a sus clientes de toda la vida. Esa Semana Santa, a iniciativa de mamá gritábamos estentóreos ¡”descansa”!, ¡descansa”!, a mi padre. Eso fue desde el lunes hasta el domingo.
Durante esa Semana Dña. Eloísa me convirtió en un mecapalero en aras de disfrutar a lo largo de ese serial de descanso, del paseo al “Parque Público”, en Chapultepec, (ese espacio que había sido un campo de golf y que al incorporarse al más grande pulmón que tiene la capital del país, para que todo mundo lo disfrutara, se colocó ese letrero de “Parque Público), al cargar, junto con Iván, mi hermano menor, las bolsas con todo el avituallamiento familiar. Por cierto, en uno de esos días de Semana Santa, Rosa Martha, la segunda de mis hermanas, tuvo a bien encontrarse una moneda, la que guardó tan bien, que la enterró al pie de un frondoso árbol, sólo que olvidó cuando menos marcar ya sea el sitio o poner algún indicio que le indicara más tarde dónde estaba su valioso tesoro. Creo que todavía hoy día, mi hermana acude la Semana Santa a buscar su moneda.
Para cerrar esa etapa, te relataré que los Sábados de Gloria los comerciantes del rumbo quemaban sus Judas, enormes monos de cartón –muy parecidos a los de las Fallas de Valencia-, con el añadido de que, en agradecimiento a la clientela, les amarraban metros de chorizo y trozos de carne, en el caso de los carniceros, o bien latería, por parte los abarroteros, y si se trataba de varilleros, colocaban en sus monos desde modestas medias de popotillo hasta camisas y vestidos para niñas. La calle se cerraba al medio día a todo tráfico de vehículos y era en verdad todo un espectáculo ver tronar a los Judas y sobre todo, lograr algo de lo mucho que el comercio establecido colocaba en esos monotes de cartón. Costumbre que por cierto, y hasta donde tengo entendido, se ha perdido por completo y más aún, hasta las mismas autoridades la han prohibido. Eso también forma parte de esa etapa de mi Semana Santa en mi niñez.
Ahora veo correr mis calendarios y rescato ese fin de Semana Santa con una hermosa mujer que también me quiso agarrar de cargador de alimentos. Todavía me veo con ella en ese paseo que hicimos a Cuernavaca, la Ciudad de la Eterna Primavera, a invitación de uno de sus hermanos que allá vivía. Fue maravilloso, en verdad, primero por su presencia –no me preguntes su nombre, prefiero guardármelo como el beso que nos dimos en aquel hermoso crepúsculo, cuando el sol primaveral bañaba el cielo guerrerense-, a la que le pido a mi Compa Chuy la haya llenado de toda la felicidad que merece.
Cuando pasé a por ella a su casa, ya tenía sobre la mesa todo el abastecimiento para el camino, lo que me provocó una mirada de pánico, intuí sus negras intenciones: hacerme cargarlos y en efecto, cuando le pregunté quién sería el transportador, son una inocente –ahora descubro que no era tanto- sonrisa, me dijo dulcemente, “pues tú, mi amor”. Tuve que aclarar que yo era eso, precisamente, su amor, no mecapalero y que en todo caso, si quería llevar algo de comer, lo cargara ella. Finalmente le expliqué el por qué de mi reticencia a hacerle competencia a los cargadores –le narré las experiencias nada gratas de mi infancia-. Concluí dando por zanjado el asunto: a donde iríamos, seguramente encontraríamos ya de perdis, unas tortas que serían nuestros alimentos. Dicho esto, asunto arreglado, ¡faltaba más!
La última Semana Santa que dejó huella en este tu Charro Narrador, fue vivida en la hermosa Perla de Occidente, Guadalajara, en el año de gracia de 1975. Y es que ya radicado en este Culiacán de mis amores (y ahora de mis terrores), en la Semana Santa del ya citado año tras un viaje relámpago a Guadalajara, regresé la noche de ese lunes santo, sólo para escuchar a la mujer a la que había dado el autógrafo el Día de Reyes de enero de ese año, que su cambio a esta Perla del Humaya ya era una realidad. Como ya estábamos casados por el civil y sólo faltaba el trámite religioso, pues nos dimos a la tarea de buscar la iglesia que, dadas las circunstancias de premura, nos echara la bendición.
Y la encontramos, a fe mía, a unas calles de la Calzada Independencia, subiendo por Pablo Valdez. No recuerdo ni el nombre de la calle ni del templo ni del cura –creedme, estimado lector lectora, ni falta me hace ni me quita el sueño ni el apetito, -. Sólo que en esa Semana Santa, en que me fui de Culiacán solterito a medias, regresaba enteramente casado.
Como la Iglesia estaba de luto, según nos dijo el cura, pues no hubo música ni coro alguno que nos alegrara el momento, así que con mi madre de Guadalajara, Hildelisa Ríos, tomada de mi brazo y lleno de alegría, ingresamos al sacro recinto, seguidos de Manuel, Hildelisa, La Flaca y Ana María, la hermosa, sus hijos y por consecuencia lógica, mis adorables hermanos, que meses antes, en el Día de Reyes, también estuvieron presentes en la ceremonia por el civil. Como ya andaba fallón de parné, pues no hubo pachanga ni cosa por el estilo, sólo un mini brindis en el cantón de una cuñada y párale de contar, en donde estuvieron presentes, copa en mano, mi familia de Tequilajara ya descrita y la de mi flamante mujercita. Un mini chupe que duró menos de lo que te lo cuento y ¡vámonos tendidos!, nos piramos luego luego porque urgía llegar a Culiacán, ya que según el oficio que tenía ante mis ojos, ella empezaba a laborar en el IMSS Culiacán el lunes siguiente.
Si me preguntas cómo me fue, te diré que fueron tres años buenos, con el primero, de bandera y continuó con el advenimiento de Waldo Arturo, el primogénito, y luego casi de inmediato –“es que así lo decidí”, fue la respuesta a mi cuestionamiento por qué tan pronto, cuando apenas disfrutábamos de Waldo-, y vino entonces Bertha Velia, la primera de mis hijas. Waldo nació en febrero del ‘76 y Tita –para la familia, sus amigos y uno que otro igualado-, en septiembre del ’77.
Pero esa Semana Santa fue especial, porque mis intenciones no era regresarme casado, sino pasar un par de días en Tequilajara, viajar luego a mi pueblito y regresarme, para esos menesteres llevaba cinco mil varos de aquellos, de los de 12.50 por dólar y que entonces sí valían. Pregúntame con cuánto me quedé a la hora final. No tenía ni quinientas piastras, ni casa para llevar a la catedrática convertida ya en esposa, pero eso sí, el chavo lucía ya anillo de bodas en su dedo anular derecho. ¡Qué chulada!
Llegamos a Mazatlán, paradisíaco centro vacacional que tiene la pequeña ventaja de tener el Océano Pacífico ahí, nomás al cruzar la calle. Imagínate, Semana Santa, prácticamente de luna de miel y con la ñora que entonces era el amorciano de mi vida, qué otra cosa pedirle a la vida –además del parné suficiente para hacerle la faena a los gastos por venir-, sí, todo pintaba a toa maye, como dice el maese José Agustín.
Prácticamente con la feria apenas necesaria para cubrir el costo de la gasolina para el Tundervawen, llegamos a la Posada de Don Pelayo al puro valor mejicano de mi parte. Total, díjeme, si en aquellos felices años en que tuve mi Sueño de Gloria, supe torear momentos difíciles, los que estaban por venir van a ser bien cuichis. Al día siguiente, al bajar a desayunar –entonces aún no estaba de moda la frase esa de “todo con el poder de tu firma”-, pero echándole valor suficiente –había también que ponerle arte, lo reconozco-, echamos nuestros calcos al restaurante y a punto de ingresar, a porta gayola me encontré al dueño del hotel. “¡Qué gusto verte por acá!”, fueron sus palabras, ¿vienes a cubrir algún evento?” “Nelazo, vengo en plan de luna de miel, me acabo de casar”, díjele y preséntele a la suertuda. Llamó a media humanidad y con inspirado acento dijo “¡oigan bien, todo lo que el señor y la señora quieran, pidan u soliciten, se lo dan con la mejor de sus sonrisas”, y luego se volteó a este tu charro negro y díjome, “¡disfruta tu luna de miel, hospedaje, alimentación, beberecua y todo lo que gustes, es mi regalo de bodas!”
En esos momentos sentí ganas de darle un fuerte abrazo. Imagínate, sin un clavo prácticamente, y los gastos de la luna de mil ya estaban cubiertos. Pero todo tiene su por qué. Meses antes, durante uno de los ciclones que azotaron la Perla del Pacífico, o séase Mazatlán, “El Diario de Sinaloa”, medio para el que este tu Charro Narrador laboraba, me mandó a cubrir el evento. Ese hotel era uno de los pocos que tenían servicio telefónico y como también era corresponsal de “24 Horas”, tuve que dar, dentro de las notas diarias, el nombre del hotel “Posada de Don Pelayo”, que contaba con tan preciado servicio –el telefónico-.
Por eso, cuando llegamos la recién desposada y su enamorado marido, el dueño del hotel no hizo sino agradecerme de esa manera la enorme publicidad que meses antes de mi parte había recibido, cuando ni remotamente había pensado en estampar mi autógrafo en una acta matrimonial. Ese detallazo es de los que nunca se olvidan y por eso lo asiento en estas mis Semanas Santas.
Esa misma Semana Santa llegamos a Culiacán, en donde a falta de una casa o depto vivimos unos meses en un hotel del centro de la ciudad; hotel del que si no nos corrieron, fue porque éramos puntuales a la hora de pagar, pero déjame decirte que motivos, se los di más de una vez, al apestarse todo un piso a frijoles quemados, por haberme quedado dormido, a pesar de la recomendación de mi flamante mujercita, “cuida los frijoles, que no se te quemen, para no tener problemas con la administración del hotel”. Se fue a trabajar –es enfermera, aunque creo que a estas alturas del partido, ya ha de estar jubilada-, y laboraba en el Seguro Social en el turno nocturno. Por eso dormía solo tres días a la semana, y una de esas noches, me quedó dormido viendo la telera y fue la peste de fríjol quemado lo que despertó. Nunca hubo problemas con la gente del hotel, pero la anécdota ahí queda.
Y la última de mis Semanas Santas fue también aquí: 1979. Conocí a Luz Irene, cuando ambos laborábamos en El Sol de Sinaloa. Ella, en el depto admo y tu Charro Negro, en Redacción. Esa Semana Santa la pasamos en El Tambor, un día y otro en Imala con toda su familia. Cómo no recordar a doña Plutarca, su madre, y a don Francisco, su padre, quienes ya gozan de la paz eterna. Sus hermanos Francisco y Diego –éste, con una voz privilegiada para el canto. Le recuerdo en la playa entonando “El Muchacho Alegre”-. Aquella sesión fotográfica que le tomé de regreso de Imala, en la fuente de Juárez, ya instalado frente a Ciudad Universitaria.
Fue maravillosa la experiencia vivida esa Semana Santa, la última de mi vida que ha dejado huella y que hoy, hoy, hoy quiero compartir contigo, lectora lector. Vale?
Mañana del 30 de marzo del 2010 en Culiacán, Sinaloa, Méjico
Comentarios: emmf24@hotmail.com
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