Insólito encuentro

Julián era oriundo de Mocorito. Por razones familiares y de negocios, había emigrado a la ciudad de Guadalajara, en donde llevaba radicando cerca de siete años. Acá, en el pueblo de sus mayores, dejó parientes y amigos de los que a veces tuvo noticias e incluso contactó por alguna céntrica calle de la capital jalisciense.
Su propósito de triunfo económico y su carácter poco inclinado al sentimentalismo, le habían hecho cortar toda relación y comunicación con quienes conviviera por varios años en la antigua Villa, donde todo parecía haberse estancado en esa etapa posterior al final de la Segunda Guerra Mundial.
Pero igual que todo hombre, por mas reseco y duro que sea, el también tenía un amigo de su predilección a quien constantemente recordaba. Era con el que mejor congenió y logro consolidar una excelente amistad. A él, lo extrañaba y en sus vueltas imaginarias, hacia Mocorito, se preguntaba que habría sido de él.
Las fiestas o celebraciones de la semana mayor se acercaban, Julián comentó con su familia las ganas que tenia de darse una vuelta por Mocorito.
Fue un viaje sin prisas. Descansó en Tepic, luego Mazatlán, llegó a Culiacán en horas de la tarde. Sintiéndose ya cerca de su tierra decidió seguir adelante. Divisó las luces de Guamúchil y no pudo reprimir el gusto que sintió. Enfiló hacia el entronque, recorrió el primer kilómetro cuando de pronto en la orilla del camino, una persona le hizo señas. Detuvo el automóvil; el individuo le preguntó que si se dirigía a Mocorito, a lo que él contestó afirmativamente.
-¿Podría hacer el favor de llevarme? Es tarde y ya no hay servicio de transporte.
- si claro con mucho gusto. Suba por favor. Respondió Julián.
Ya era tarde y no podía dejar a aquel pobre hombre en las tinieblas del camino, la felicidad de regresar a su terruño lo convenció de hacer ese favor.
-¿Es usted de aquí de Mocorito?- preguntó Julián.
-Si, Señor – fue la seca respuesta.
-Yo vengo desde Guadalajara- dijo a su vez Julián. Tenía algo así como 12 años sin venir. Soy Julián Lugo Esquer.
-Mucho gusto- expresó el hombre,-mi nombre es Roberto Méndez.
En ese momento Julián se sintió severamente sorprendido.
-¿Eres tu Roberto?, soy yo, Julián, Julián Lugo, tu mejor amigo.
-¡Julián! ¡Querido y viejo amigo! ¿Cómo no te reconocí? ¡No es posible! ¡Que alegría volverte a ver!
Las manos de ambos se buscaron en la oscuridad y se apretaron fuertemente como en los viejos tiempos. Las risas y comentarios siguieron, mientras Julián aceleraba la marcha del carro. Entraron a la primer callejuela del pueblo cuando Roberto indicó a su amigo que detuviera la marcha para poder descender del vehiculo.
Quedaron estacionados en el cruce de las calles Morelos e Hidalgo. La opaca luz de un foco del alumbrado público permitió a los amigos reconocerse mejor. Abrazos y palmadas en la espalda coronaban el regocijo que uno y otro sentían ante tan inesperado encuentro. Quedaron con toda formalidad de verse a la mañana siguiente por rumbo de la cantina y billar “El Encanto del Evora”.
Se despidieron con otro fuerte abrazo y Julián vio como su amigo con paso firme, se adentraba en la calle Morelos y el decidió llegar a casa de su familia.
Eran las once de la mañana, cuando despertó a un nuevo día, desayunó con gran apetito y después de la tercera taza de café indicó a sus familiares que iría a saludar a algunos amigos.
Ya en la calle, Julián se encontró con otro amigo. El doctor del pueblo, a quien saludo con mucho agrado.
-¡Enrique!- le llamó acercándose a él.
-¡Julián! ¿De dónde sales?- fue la respuesta.
Después de ponerse al corriente con sus vidas Julián le comento a doctor que le había dado un aventón a su amigo Roberto.
-¿De qué Roberto me hablas?- preguntó serio Enrique.
- De quien más, pues Roberto nuestro amigo, Roberto Méndez mi compadre.-
Enrique guardó silencio por un momento, trataba de acomodar sus pensamientos y miró de reojo a Julián.
-Pues…mira Julián…por lo que dices, no creo que sepas que nuestro amigo Roberto…murió hace como cuatro años…
El rostro de Julián se convirtió en una máscara pétrea.
-Entonces ¿A quien traje yo en mi carro anoche? ¿Con quién platique y quede de verme en la cantina?-
Enrique al ver la expresión de Julián decidió llevarlo a la casa de su amigo fallecido, después visitaron su tumba en el panteón que esta al final de la Calle Morelos.
Estando en el panteón viendo la tumba de Roberto, Julián se encaminó a la puerta del cementerio.
-¡Hey Julián! ¿A dónde vas?- gritaba Enrique.
Julián se detuvo, se dio la media vuelta y dijo.
-Tu serás muy doctor, pero yo no acepto estas cosas, sabes de la vida y la muerte, lo ves con naturalidad; para uno son circunstancias diferentes.
No dejó de sorprender a Enrique la entereza de Julián quien con la cabeza baja y con un montón de interrogantes en su mente siguió su camino.
-Ven, dijo Julián- Vamos a la cantina, ¡Voy a cumplir mi cita con Roberto…!

posted por Kichu en Historias de Sinaloa y tiene No Comments

Place your comment

Please fill your data and comment below.
Name
Email
Website
Your comment